Giovanni Sartori
Homo videns - "El hombre que ve"
Desde que la pantalla apareció, la gente no lee, se pone tonta. El homo sapiens está desapareciendo. Surge el Homo insipiens (Sin gusto, sin sabor). El homo communicans quiere comunicarse, pero tiene la cabeza vacía; y por tanto, comunica cosas vacías y sin sentido.
Existe exceso de información, pero Información no es conocimiento.
1. De Homo sapiens a Homo videns: el poder de la imagen
Idea central
Sartori sostiene que la televisión transforma profundamente al ser humano: pasamos de un ser que piensa con conceptos abstractos (homo sapiens) a uno que piensa con imágenes (homo videns). Esta transformación debilita la capacidad de comprensión, análisis y racionalidad.
Cita clave
“En suma, lo visible nos aprisiona en lo visible. Para el hombre que puede ver (y ya está), lo que no ve no existe.”
Explicación
La imagen impone sus límites al pensamiento. Aquello que no se puede mostrar —ideas, procesos, estructuras complejas— deja de importar. Esto empobrece el pensamiento abstracto, que es fundamental para comprender la política, la ética y la realidad social.
2. La televisión y la formación de la opinión pública
Idea central
La democracia necesita una opinión pública autónoma. Sin embargo, la televisión produce una opinión heterodirigida, es decir, guiada desde fuera por los medios.
Cita clave
“La televisión se exhibe como portavoz de una opinión pública que en realidad es el eco de regreso de la propia voz.”
Explicación
La televisión aparenta reflejar lo que piensa la gente, pero en realidad fabrica esas opiniones. Luego las devuelve al público como si fueran genuinas. Así, la ciudadanía cree decidir libremente, cuando solo reproduce lo que vio en pantalla.
3. Opinión no es conocimiento
Idea central
Sartori distingue claramente entre opinión (doxa) y conocimiento (epistéme). La democracia representativa se basa en opiniones, pero estas deben tener un mínimo de información real.
Cita clave
“Opinión es doxa, no es epistéme; no es saber y ciencia; es simplemente un ‘parecer’.”
Explicación
Las opiniones son frágiles, cambiantes y subjetivas. El problema no es que el pueblo opine, sino que opine sin información suficiente, reduciendo la democracia a impulsos superficiales y emocionales.
4. El gobierno de los sondeos de opinión
Idea central
Los sondeos convierten opiniones débiles e improvisadas en criterios de gobierno. Los políticos dejan de decidir según el bien común y actúan según las encuestas.
Cita clave
“Los sondeos no son instrumentos de demo‑poder… sino una expresión del poder de los medios de comunicación sobre el pueblo.”
Explicación
Los sondeos:
- Dependen de cómo se formula la pregunta
- Recogen opiniones volátiles o inventadas
- Crean la ilusión de una “voluntad popular”
Gobernar según sondeos es gobernar una falsedad, bloqueando decisiones necesarias y favoreciendo políticas cortoplacistas.
5. Subinformación y desinformación
Idea central
La televisión no solo informa poco, sino que informa mal.
- Subinformación: información insuficiente o trivial
- Desinformación: información distorsionada o engañosa
Cita clave
“La televisión da menos informaciones que cualquier otro instrumento de información.”
Explicación
La televisión selecciona las noticias según su capacidad de ser filmadas, no según su importancia. Lo relevante pero abstracto desaparece; lo trivial pero visual se sobredimensiona.
6. El pseudo‑acontecimiento
Idea central
Muchos hechos existen solo porque hay cámaras: son eventos fabricados para la televisión.
Cita clave
“El pseudo‑acontecimiento es un evento prefabricado para la televisión y por la televisión.”
Explicación
La presencia de cámaras crea la noticia. Esto:
- Distorsiona la realidad
- Premia el espectáculo
- Sustituye problemas estructurales por eventos emotivos
7. “La imagen no miente”: una falacia
Idea central
Contrario a la creencia popular, la imagen sí puede mentir, y lo hace de forma más eficaz que la palabra.
Cita clave
“La televisión puede mentir y falsear la verdad… la fuerza de la veracidad inherente a la imagen hace la mentira más peligrosa.”
Explicación
La imagen:
- Se puede cortar, editar y encuadrar
- Necesita una voz que la interprete
- Genera una sensación de realidad falsa
Al confiar ciegamente en lo visual, se pierde el espíritu crítico.
8. Video‑política: personalización y emocionalización
Idea central
La televisión transforma la política en:
- Personalización (rostros, no programas)
- Emotividad (emociones, no razones)
Cita clave
“La televisión favorece la emotivización de la política.”
Explicación
Las imágenes conmueven más que los argumentos. El ciudadano vota por empatía, miedo o simpatía, no por análisis racional. Esto degrada la deliberación democrática.
9. El homo insipiens y el post‑pensamiento
Idea central
La pérdida de abstracción produce individuos incapaces de pensar críticamente: el homo insipiens.
Cita clave
“Un hombre que pierde la capacidad de abstracción es incapaz de racionalidad.”
Explicación
Sin abstracción:
- No hay pensamiento complejo
- No hay comprensión profunda
- No hay ciudadanía crítica
Los medios de masas multiplican estas mentes débiles, antes dispersas, ahora organizadas.
10. Educación y cultura: la advertencia final
Idea central
Sartori concluye con una advertencia: la escuela y la cultura están reforzando al homo videns en lugar de ofrecer una alternativa.
Cita clave
“La cultura audiovisual es inculta y, por lo tanto, no es cultura.”
Explicación
La solución no es más pantallas, sino:
- Más lectura
- Más escritura
- Más pensamiento crítico
Sin esto, la sociedad avanza hacia el vacío cultural y la superficialidad mental.
Conclusión general
Homo Videns es una crítica profunda a la sociedad mediática. Sartori no rechaza la televisión por sí misma, sino su dominación absoluta sobre la información, la política y la educación. El resultado es una democracia debilitada y ciudadanos cada vez menos capaces de pensar.
1. VÍDEO-POLÍTICA
La televisión se caracteriza por una cosa: entretiene, relaja y divierte. Como decía anteriormente, cultiva al homo ludens; pero la televisión invade toda nuestra vida, se afirma incluso como un demiurgo. Después de haber «formado» a los niños continúa formando, o de algún modo, influenciando a los adultos por medio de la «información». En primer lugar, les informa de noticias (más que de nociones), es decir, proporciona noticias de lo que acontece en el mundo, por lejano o cercano que sea. La mayoría de estas noticias terminan por ser deportivas, o sobre sucesos, o sobre asuntos del corazón (o lacrimógenas) o sobre diferentes catástrofes. Lo que no es óbice para que las noticias de mayor repercusión, de mayor importancia objetiva, sean las que tratan de información política, las informaciones sobre la polis (nuestra o ajena). Saber de política es importante aunque a muchos no les importe, porque la política condiciona toda nuestra vida y nuestra convivencia. La ciudad perversa nos encarcela, nos hace poco o nada libres; y la mala política —que obviamente incluye la política económica— nos empobrece (cfr Sartori, 1993, págs. 313-316).
Así pues, el término vídeo-política (tal vez acuñado por mí ) hace referencia sólo a uno de los múltiples aspectos del poder del vídeo: su incidencia en los procesos políticos, y con ello una radical transformación de cómo «ser políticos» y de cómo «gestionar la política». Entendemos que la vídeo-política no caracteriza sólo a la democracia. El poder de la imagen está también a disposición de las dictaduras. Pero en el presente trabajo me ocuparé únicamente de la vídeo.-política en los sistemas liberal-democráticos, es decir, en los sistemas basados en elecciones libres.
La democracia ha sido definida con frecuencia como un gobierno de opinión (por ejemplo, Dicey, 1914, y Lowell, 1926) y esta definición se adapta perfectamente a la aparición de la vídeo-política. Actualmente, el pueblo soberano «opina» sobre todo en función de cómo la televisión le induce a opinar. Yen el hecho de conducir la opinión, el poder de la imagen se coloca en el centro de todos los procesos de la política contemporánea. Para empezar, la televisión condiciona fuertemente el proceso electoral, ya sea en la elección de los candidatos, bien en su modo de plantear la batalla electoral, o en la forma de ayudar a vencer al vencedor. Además, la televisión condiciona, o puede condicionar, fuertemente el gobierno, es decir las decisiones del gobierno: lo que un gobierno puede y no puede hacer, o decidir lo que va a hacer.
En esta parte del libro desarrollaré los tres temas siguientes: en primer lugar, la formación de la opinión pública y, en este sentido, la función de los sondeos de opinión, a fin de llegar a una valoración de conjunto acerca del «directismo democrático». En segundo lugar, me detendré en el modo en el que el vídeo-poder incide sobre el político elegido y cómo es elegido. Por último, y en tercer lugar, trataremos de comprender en qué medida la televisión ayuda o, por el contrario, obstaculiza, a la «buena política».
2. LA FORMACIÓN DE LA OPINIÓN
Si la democracia tuviera que ser un sistema de gobierno guiado y controlado por la opinión de los gobernados, entonces la pregunta que nos deberíamos replantear es: cómo nace y cómo se forma una opinión pública?
Casi siempre, o con mucha frecuencia, la opinión pública es un «dato» que se da por descontado. Existe y con eso es suficiente. Es como si las opiniones de la opinión pública fueran, como las ideas de Platón, ideas innatas.
En primer lugar, la opinión pública tiene una ubicación, debe ser colocada: es el conjunto de opiniones que se encuentra en el público o en los públicos. Pero la noción de opinión pública denomina sobre todo opiniones generalizadas del público, opiniones endógenas, las cuales son del público en el sentido de que el público es realmente el sujeto principal. Debernos añadir que una opinión se denomina pública no sólo porque es del público, sino también porque implica la res publica, la cosa pública, es decir, argumentos de naturaleza pública: los intereses generales, el bien común, los problemas colectivos.
Cabe destacar que es correcto decir «opinión». Opinión es doxa, no es epistéme, no es saber y ciencia; es simplemente un «parecer», una opinión subjetiva para la cual no se requiere una prueba . Las matemáticas, por ejemplo, no son una opinión. Y si lo analizamos a la inversa, una opinión no es una verdad matemática. Del mismo modo, las opiniones son convicciones frágiles y variables. Si se convierten en convicciones profundas y fuertemente enraizadas, entonces debemos llamarlas creencias (y el problema cambia).
De esta puntualización se desprende que es fácil desarmar la objeción de que la democracia es imposible porque el pueblo «no sabe». Esta sí es una objeción contra la democracia directa, contra un demos que se gobierna solo y por sí mismo. Pero la democracia representativa no se caracteriza como un gobierno del saber sino como un gobierno de la opinión, que se fundamenta en un público sentir de res pública. Lo que equivale a decir que a la democracia representativa le es suficiente, para existir y funcionar, con el hecho de que el público tenga opiniones suyas, nada más, pero, atención, nada menos.
Entonces ¿cómo se constituye una opinión pública autónoma que sea verdaderamente del público? Está claro que esta opinión debe estar expuesta a flujos de informaciones sobre el estado de la cosa pública. Si fuera «sorda», demasiado cerrada y excesivamente preconcebida en lo que concierne a la andadura de la res publica, entonces no serviría. Por otra parte, cuanto más se abre y se expone una opinión pública a flujos de información exógenos (que recibe del poder político o de instrumentos de información de masas), más corre el riesgo la opinión del público de convertirse en «hetero-dirigida», como decía Riesman.
Por lo demás, cuando la opinión pública se plasmaba fundamentalmente en los periódicos, el equilibrio entre opinión autónoma y opiniones heterónomas (heterodirigidas) estaba garantizado por la existencia de una prensa libre y múltiple, que representaba a muchas voces. La aparición de la radio no alteró sustancialmente te equilibrio. El problema surgió con la televisión, en la medida en que el acto de ver suplantó al acto de discurrir. Cuando prevalece la comunicación lingüística, los procesos de formación de la opinión no se producen directamente de arriba a abajo; se producen «en cascadas», o mejor dicho, en una especie de sucesión de cascadas interrumpidas por lagunas en las que las opiniones se mezclan (según un modelo formulado por Deutsch, 1968). Además, en la cascada se alinean y se contraponen ebulliciones, y resistencias o viscosidades de naturaleza variada.
Pero la fuerza arrolladora de la imagen rompe el sistema de reequilibros y retroacciones múltiples que habían instituido progresivamente, durante casi dos siglos, los estados de opinión difusos, y que, desde el siglo XVIII en adelante, fueron denominados «opinión pública». La televisión es explosiva porque destrona a los llamados líderes intermedios de opinión, y porque se lleva por delante la multiplicidad de «autoridades cognitivas» que establecen de forma diferente, para cada uno de nosotros, en quién debemos creer, quién es digno de crédito y quién no lo es. Con la televisión, la autoridad es la visión en sí misma, es la autoridad de la imagen. No importa que la imagen pueda engañar aún más que las palabras, como veremos más adelante. Lo esencial es que el ojo cree en lo que ve; y, por tanto, la autoridad cognitiva en la que más se cree es lo que se ve. Lo que se ve parece «real», lo que implica que parece verdadero.
Decía que a la democracia representativa le basta, para funcionar, que exista una opinión pública que sea verdaderamente del público. Pero cada vez es menos cierto, dado que la videocracia está fabricando una opinión sólidamente hetero-dirigida que aparentemente refuerza, pero que en sustancia vacía, la democracia como gobierno de opinión. Porque la televisión se exhibe como portavoz de una opinión pública que en realidad es el eco de regreso de la propia voz.
Según Herstgaard: «Los sondeos de opinión reinan como soberanos. Quinientos americanos son continuamente interrogados para decirnos a nosotros, es decir, a los otros 250 millones de americanos lo que debemos pensar» . Y es falso que la televisión se limite a reflejar los cambios que se están produciendo en la sociedad y en su cultura. En realidad, la televisión refleja los cambios que promueve e inspira a largo plazo.
3. EL GOBIERNO DE LOS SONDEOS
Recordaba antes que la invención del telégrafo tuvo enseguida un gemelo en la agencia de noticias «vía telégrafo». Un hilo sujeto por palos es sólo un hilo si no transmite algo; y es una mala inversión si no transmite lo suficiente.
Esto mismo es válido para la televisión: también la imagen debe estar repleta de contenidos. En gran parte, los contenidos televisivos (de naturaleza informativa) son imágenes de acontecimientos, pero son también «voces públicas». Dejo a un lado, por ahora, las entrevistas casuales a los viandantes. Las otras voces públicas, o del público, están constituidas por sondeos que nos indican en porcentajes «lo que piensa la gente».
Para ser exactos, los sondeos de opinión consisten en respuestas que se dan a preguntas (formuladas por el entrevistador) - Y esta definición aclara de inmediato dos cosas: que las respuestas dependen ampliamente del modo en que se formulan las preguntas (y, por tanto, de quién las formula), y que, frecuentemente, el que responde se siente «forzado» a dar una respuesta improvisada en aquel momento. ¿Es eso lo que piensa la gente? Quien afirma esto no dice la verdad. De hecho, la mayoría de las opiniones recogidas por los sondeos es: a) débil (no expresa opiniones intensas, es decir, sentidas profundamente); b) volátil (puede cambiar en pocos días); c) inventada en ese momento para decir algo (si se responde «no sé» se puede quedar mal ante los demás); y sobre todo d) produce un efecto reflectante, un rebote de lo que sostienen los medios de comunicación.
De modo que, en primer lugar, las opiniones recogidas en los sondeos son por regla general débiles; y es raro que alguna vez se recojan opiniones profundas. Escribe Russell Newman: «De cada diez cuestiones de política nacional que se plantean todos los años, el ciudadano medio tendrá preferencias fuertes y coherentes por una o dos, y virtualmente ninguna opinión sobre los demás asuntos. Lo cual no es obstáculo para que cuando un entrevistador empieza a preguntar surjan opiniones inventadas en ese momento» (1986, págs. 22-23). El resultado de ello es que la mayoría de las opiniones recogidas son frágiles e inconsistentes. Sin contar las opiniones inventadas para asuntos que se desconocen completamente. El entrevistador que interpela sobre una «ley de los metales metálicos», o bien sobre una absurda y fantástica «ley de 1975 sobre asuntos públicos», no vuelve a casa con las manos vacías: le responde un tercio e incluso dos tercios de los entrevistados (cfi: Bishop et al., 1980).
Es verdad que algunas veces tenemos una opinión firme y sentida con fuerza, pero incluso cuando es así, no es seguro que la opinión que dictará nuestra elección de voto sea esa. El elector tiene en su escopeta, cuando entra en la cabina electoral, un solo cartucho; y si tiene, pongamos por caso, cinco opiniones firmes, deberá sacrificar cuatro. Durante más de veinte años, los expertos han explicado a los políticos americanos que para cuadrar el déficit presupuestario, o para reducir las deudas, bastaba con subir un poco el precio de la gasolina (que en Estados Unidos cuesta la mitad que en Europa). Pero no, no hay nada que hacer: los sondeos revelan que los americanos son contrarios a esta medida. Pero si republicanos y demócratas se pusieran de acuerdo para votar un aumento, estoy dispuesto a apostar que el hecho de encarecer la gasolina no tendría ninguna incidencia electoral. Y es que dar por segura una opinión no equivale en modo alguno a prever un comportamiento. Un parecer sobre una issue, sobre una cuestión, no es una declaración de intención de voto.
Por otra parte, tenemos el problema de la fácil manipulación de los sondeos (así como de su institucionalización, que es el referéndum). Preguntar si se debe permitir el aborto, o bien si se debe proteger el derecho a la vida, es presentar las dos caras de una misma pregunta; de una pregunta sobre un problema que se entiende mejor que muchos otros. Y sin embargo, la diferente formulación de la pregunta puede cambiar la respuesta de un 20 por ciento de los interpelados. Durante el escándalo Watergate, en 1973, se efectuaron en un solo mes siete sondeos que preguntaban si el presidente Nixon debía dimitir o debía ser procesado. Pues bien, «la proporción de respuestas afirmativas variaba desde un mínimo del 10 a un máximo del 53 por ciento. Y estas diferencias se debían casi exclusivamente a variaciones en la formulación de las preguntas» (Crespi, 1989, págs. 71-72). Esta es una oscilación extrema para una pregunta sencilla. Y el azar crece, obviamente, cuando los problemas son complicados. Cuando los ingleses fueron interpelados sobre la adhesión a la Unión Europea, los que estaban a favor oscilaban (pavorosamente) desde un 10 a un 60 por ciento; también esta vez, la causa de tal oscilación estaba en función de cómo se formulan y varían las preguntas.
De todo esto se deduce, pues, que quien se deja influenciar o asustar por los sondeos, el sondeo dirigido, a menudo se deja engañar en la falsedad y por la falsedad. Sin embargo, en Estados Unidos la sondeo-dependencia de los políticos —empezando por el presidente— es prácticamente absoluta. También en Italia, Berlusconi vive de sondeos y su política se basa en ellos. Porque la sondeo-dependencia, como ya he dicho, es la auscultación de una falsedad que nos hace caer en una trampa y nos engaña al mismo tiempo. Los sondeos no son instrumentos de demo-poder —un instrumento que revela la vox populi— sino sobre todo una expresión del poder de los medios de comunicación sobre el pueblo; y su influencia bloquea frecuentemente decisiones útiles y necesarias, o bien lleva a tomar decisiones equivocadas sostenidas por simples «rumores», por opiniones débiles, deformadas, manipuladas, e incluso desinformadas. En definitiva, por opiniones ciegas.
Hablo de opiniones ciegas porque todos los profesionales del oficio saben, en el fondo, que la gran mayoría de los interpelados no sabe casi nada de las cuestiones sobre las que se le preguntan. Dos de cada cinco americanos no saben qué partido —y sólo hay dos partidos— controla su parlamento, ni saben dónde están los países del mundo (cfr Erikson et al., 1988).
Se puede pensar: ¿qué diferencia hay si no se saben estas cosas? En sí misma, hay muy poca diferencia; pero es enorme si estas lagunas elementales se interpretan como indicadores de un desinterés generalizado. El argumento es que si una persona no sabe ni siquiera estas cosas tan elementales, con mayor razón no tendrá noción alguna de los problemas por simples que sean.
Creo que somos muchos los que estamos de acuerdo —aunque sólo lo digamos en voz baja— que los sondeo- dependencia es nociva, que las encuestas deberían tener menos peso del que tienen, y que las credenciales democráticas (e incluso «objetivas») del instrumento son espurias. Pero casi todos se rinden ante el hecho supuestamente inevitable de los sondeos. A lo cual respondo que los sondeos nos asfixian porque los estudiosos no cumplen con su deber. Los pollsters, los expertos en sondeos, se limitan a preguntar a su quidam, cualquiera que sea, «qué piensa sobre esto?» sin averiguar antes lo que sabe de eso, si es que sabe algo. Sin embargo, el núcleo de la cuestión es éste. Cuando se produjo la segunda votación de la Comisión Bicameral para las reformas constitucionales apareció un sondeo del CIRM que daba como resultado que el 51 por ciento de los italianos estaba a favor de la elección de una asamblea constituyente y sólo el 22 por ciento era favorable a la Bicameral. El mismo día (el 15 de enero de 1997) Indro Montanelli comentaba irónicamente en II Corriere della Sera que para muchos italianos «bicameral» era probablemente una habitación con dos camas. Está claro que el pollster comercial no tiene ningún interés en verificar cuál es la consistencia o inconsistencia de las opiniones que recoge: si lo hiciera sería autodestructivo. Pero los centros de investigación y las instituciones universitarias tendrían el estricto deber de colmar esta zona de oscuridad y confusión, verificando mediante fact-finding polls (encuestas de determinación de hechos) y entrevistas en profundidad el estado y el grado de desconocimiento del gran público. Sin embargo, se callan como muertos. Y de este modo convierten en inevitable algo que se podría evitar.
4 – MENOS INFORMACIÓN.
He dicho que el gobierno de los sondeos se basa, inter alia, en opiniones desinformadas. Una consideración que nos lleva al problema de la información. El mérito casi indiscutible de la televisión es que “informa” ; al menos eso nos dicen. Pero empecemos por aclarar el concepto.
Informar es proporcionar noticias, y esto incluye noticias sobre nociones, pero también del saber. Aún asi debemos puntualizar que información no es conocimiento, no es saber en el significado eurístico del término. Por sí misma, la información no lleva a comprender las cosas: se puede estar informadísimo de muchas cuestiones y a pesar de ello no comprenderlas. Es correcto, pues, decir que la información da solamente nociones. Lo cual no es negativo. También el llamado saber nocional contribuye a la formación del Homo sapiens. Pero si el saber nocional no es de despreciar, tampoco debemos sobrevalorarlo. Acumular nociones, repito, no significa entenderlas.
Debemos también destacar que la importancia de la información es variable. Numerosas informaciones son sólo frívolas, sobre sucesos sin importancia o tienen un puro y simple valor espectacular. Lo que equivale a decir que están desprovistas de valor o relevancia “significativa”. Otras informaciones, por el contrario, son objetivamente importantes porque son las informaciones que constituirán una opinión pública sobre problemas públicos, sobre problemas de interés público ( vid supra, pág 69). Y cuando hablo de subinformación o de desinformación me refiero a la información de “relevancia pública”. Y es en ese sentido (no en el sentido de las noticias deportivas, de crónica rosa o sucesos) en el que la televisión informa poco y mal.
Con esta premisa, es útil distinguir entre subinformación y desinformación. Por subinformación entiendo una información totalmente insuficiente que empobrece demasiado la noticia que da, o bien el hecho de no informar, la pura y simple eliminación de nueve de cada diez noticas existentes. Por tanto, subinformación significa reducir en exceso. Por desinformación entiendo una distorsión de la información: dar noticias falseadas que inducen al engaño al que las escucha. Nótese que no he dicho que la manipulación que distorsiona una noticia sea deliberada; con frecuencia refleja una deformación profesional, lo cual lo hace menos culpable pero también más peligrosa.
Evidentemente, la distinción es analítica, sirve para un análisis claro y preciso del problema. En concreto, la subinformación y la desinformación tienen zonas de superposición y traspasan la una a la otra. Pero esto no nos impide que podamos analizarlas por separado.
La difusión de la información, que se presenta como tal, aparece con el periódico. La palabra inglesa newspaper describe exactamente su propia naturaleza: hoja o papel de noticas (news). En italiano, giornale destaca el aspecto de la cotidianidad, como en españolel diario, lo que sucede día a día (giorno per giorno). Pero lo que llamamos propiamente información de masas se desarrolla con la aparición de la radiofonía. El periódico excluye eo ipso al analfabeto que no lo puede leer, mientras que la locución de la radio llega también a los que no saben leer ni escribir. A esta extensión cuantitativa le puede corresponder un empobrecimiento cualitativo (pero no cuando la comparación se realiza con las publicaciones de contenido exclusivamente escandaloso, como los tabloides). Pero siempre existirá una diferencia entre el periódico y la radio: como la radio habla también para los que no leen, deben simplificar más y debe ser más breve al menos en los noticiarios. Aun así se puede decir que la radio complementa al periódico.
¿Y la televisión? Admitamos que la televisión informa todavía más que la radio, en el sentido de que llega a una audiencia aún más amplia. Pero la progresión se detiene en ese punto. Porque la televisión da menos informaciones que cualquier otro instrumento de información. Además, con la televisión cambia radicalmente el criterio de selección de las informaciones o entre las informaciones. La información que cuenta es la que se puede filmar mejor; y si no hay filmación no hay ni siquiera noticia, y, así pues, la noticia no se ofrece, pues no es “video-digna”.
Por lo tanto, la fuerza de la televisión – la fuerza de hablar por medio de imágenes – representa un problema. Los periódicos y la radio no tienen que estar en el lugar de los hechos. Por el contrario, la televisión sí lo tiene; pero lo tiene hasta cierto punto. No hay y no había ninguna necesidad de exagerar; no todas las noticias tienen que ir obligatoriamente acompañanadas de imágenes. La cuestión de estar en el lugar de los hechos es, en parte, un problema que se ha creado la propia televisión ( y que le ayuda a crecer exageradamente).
(……….)
Todo el mundo habrá observado que en la televisión ahora son cada vez más abundantes las noticias locales y nacionales y cada vez más escasas las noticias internacionales. Lo peor de todo es que el principio establecido de que la televisión siempre tiene que “mostrar”, convierte en un imperativo el hecho de tener siempre imágenes de todo lo que se habla, lo cual se traduce en una inflación de imágenes vulgares, es decir, de acontecimientos tan insignificantes como ridículamente exagerados. (………..)
Cuando todo va bien, se nos cuentan las elecciones en Inglaterra o en Alemania rápidamente, en 30 segundos. Después de esto llegan unas imágenes de un pueblecito que deben justificar su coste permaneciendo en onda 2 o 3 minutos; unas imágenes de alguna historia lacrimógena (la madre que ha perdido a su hija entre la multitud) o truculenta (sobre algún asesinato), cuyo valor informativo o formativo de la opinión es virtualmente cero. Los noticiarios de nuestra televisión actual emplean 20 minutos de me media hora de duración en saturarnos de trivialidades y de noticias que sólo existen porque se deciden y se inventan en la robótica de los noticiarios. ¿Información? Sí, también la noticia de la muerte de una gallina aplastada por un derrumbamiento se puede llamar información. Pero nunca será digna de mención.
La obligación de “mostrar” genera el deseo o la exigencia de “mostrarse”. Esto produce el pseudo-acontecimiento, el hecho que acontece sólo porque hay una cámara que lo está rodando, y que de otro modo, no tendría lugar. El pseudo-acontecimiento es, pues un evento prefabricado para la televisión y por la televisión. A veces esta fabricación está justificada, pero aun así, no deja de ser algo “falso” expuesto a serios abusos y fácilmente queda como verdadera desinformación.
La cuestión es, insisto, que la producción de pseudo-acontecimientos o el hecho de caer en lo trivial e insignificante no se debe a ninguna necesidad objetiva, a ningún imperativo tecnológico. En Francia, en Inglaterra y en otros países siguen existiendo noticiarios serios que seleccionan noticias serias y que ofrecen sin imágenes (si no las tienen). El nivel al que ha descendido nuestra televisión se debe fundamentalmente a un personal que tiene un nivel intelectual y profesional muy bajo. La información televisiva se podría organizar mucho mejor. Aclarado esto, es verdad que la fuerza de la imagen está en la propia imagen. Para hacernos una idea, basta comparar la información escrita del periódico con la información visual de la televisión.
(……….)
En suma, lo visible nos aprisiona en lo visible. Para el hombre que puede ver (y ya está), lo que no ve no existe. La amputación es inmensa y empeora a causa del porqué y del cómo la televisión elige ese detalle visible, entre otros cien o mil acontecimientos igualmente dignos de consideración.
A fuerza de subinformar, y a la vez de destacar y exagerar las noticias locales, terminamos por perder de vista el mundo y casi ya no interesarnos por él. La necedad de los públicos educados por la televisión queda bien ejemplificada por el caso de Estados Unidos, donde la retransmisión de la caída del muro de Berlín en 1989 – probablemente el acontecimiento político más importante de este siglo (después de las guerras mundiales) – fue un fracaso televisivo. (………)
(……….) El hecho de informarse requiere una inversión de tiempo y de atención; y llega a ser gratificante – es un coste que compensa – sólo después de que la información almacenada llega a su masa crítica. Para amar la música es necesario saber un poco de música, si no Beethoven es un ruido; para amar el fútbol es necesario haber entendido la naturaleza del juego; para apasionarse con el ajedrez hace falta saber cómo se mueven las piezas. (…….) El público que no se interesa en la caída del muro de Berlín es el público que ha sido formado por las grandes cadenas de televisión norteamericanas. Si las preferencias de la audiencia se concentran en las noticias nacionales y en las páginas de sucesos es porque las cadenas televisivas han producido ciudadanos que no saben nada y que se interesan por trivialidades.
Prueba de ello es que la llegada de la televisión, el público se interesaba por las noticias internacionales y por eso los periódicos las publicaban. Ahora se interesan cada vez menos. ¿Por qué? ¿Se ha atrofiado el ciudadano por sí solo? Obviamente no. Obviamente la prensa escrita alimentaba unos intereses y una curiosidad que la video-política ha ido apagando.
5-MÁS DESINFORMACIÓN
Analicemos qué es la verdadera desinformación: no informar poco (demasiado poco), sino informar mal, distorsionado.
Parto de la base de que al menos en parte la desinformación televisiva es involuntaria y, de algún modo, inevitable. Y empiezo con esta constatación: la aldea global de Mc Luhan es “global” sólo a medias, por lo que en realidad no es global. La cámara de televisión entra fácil y libremente en los países libres; entra poco y con precaución en los países peligrosos; y no entra nunca en los países sin libertad. De lo que se deduce que cuanto más tiránico y sanguinario es un régimen, más lo ignora la televisión y, por lo tanto, lo absuelve. (……….)
(…………)
Hasta aquí hemos examinado diferentes distorsiones que son el resultado de un mundo visto a medias y, por lo tanto, que realmente no se ha visto. Pasaremos a otros tipos de desinformación. Ya he anticipado la fabricación de pseudo-acontecimientos. Pero comparado con otros tipos de desinformación, es una nimiedad. Paso, pues, a analizar las distorsiones informativas más importantes. Comencemos por las falsas estadísticas y las entrevistas casuales.
Entiendo por falsas estadísticas, resultados estadísticos que son “falsos” por la interpretación que se les da. En esta clase de falsedades se ejercita también la prensa; pero es la televisión la que las ha impuesto a todos – incluido la prensa- como dogmas. Porque para la televisión los cuadros estadísticos – debidamente simplificados y reducidos al máximo – son como el queso para los macarrones. Con cuadros y porcentajes, todo se puede condensar en pocas imágenes; imágenes que parecen de una objetividad indiscutible. En las estadísticas hablan las matemáticas. Y las matemáticas no se hacen con habladurías.
Las matemáticas no. Pero la interpretación de unos resultados estadísticos, sí. (……..)
(……..)
A las estadísticas falsas hay que añadir, como factor de distorsión, la entrevista casual. El entrevistador al que se le manda cubrir un acontecimiento – e incluso un no-acontecimiento – con imágenes pasea por la calle y entrevista a los que pasan. Así, finalmente, es la voz del pueblo la que se hace oír. Pero esto es una falsedad absoluta. Dejemos de lado el hecho de que estas entrevistas están siempre “precocinadas” con oportunas distribuciones de síes y noes. Lo esencial es que la “casualidad” de las entrevistas casuales no es una casualidad estadística y que el transeúnte no representa a nada ni a nadie: habla sólo por sí mismo. En el mejor de los casos, las entrevistas casuales son “coloristas”. Pero cuando tratan de problemas serios son, en general, formidables multiplicadores de estupideces. Cuando se dicen en la pantalla, las estupideces crean opinión: las dice un pobre hombre balbuceando a duras penas, y al día siguiente las repiten decenas de miles de personas.
(………..)
Prosigamos. Además de falsas estadísticas y entrevistas casuales, la desinformación se alimenta de dos típicas distorsiones de una información que tiene que ser excitante a cualquier precio: premiar la excentricidad y privilegiar el ataque y la agresividad.
En cuanto al primer aspecto, me limito a observar de pasada que la visibilidad está garantizada para las posiciones extremas, las extravagancias, los “exagerados” y las exageraciones. Cuando más descabellada es una tesis, más se promociona y se difunden se especializan en el extremismo intelectual y, de este modo, adquieren notoriedad (difundiendo, se entiende, vaciedades). El resultado de ello es una formidable selección a la inversa. Destacan los charlatanes, los pensadores mediocres, los que buscan la novedad a toda costa, y quedan en la sombra las personas serias, las que de verdad piensan.
(…….)
La televisión llega siempre con rapidez al lugar donde hay agitación, alguien protesta, se manifiesta, ocupa edificios, bloquea calles y ferrocarriles y; en suma, ataca algo o a alguien. Se podría pensar que esto sucede porque un ataque puede resultar un espectáculo, y la televisión es espectáculo. En parte, esto debe ser así. Pero el mundo real no es espectáculo y el que lo convierte en eso deforma los problemas y nos desinforma sobre la realidad, peor no podría ser.
El aspecto más grave de esta preferencia espectacular por el ataque es que viola, en sus más hondas raíces, el principio de toda convivencia cívica: el principio de oír a la otra parte. Si se acusa a alguien se debe oír al acusado. Si se bloquean calles y trenes, se debe oír y mostrar a los damnificados, a los inocentes viajeros; pero nunca sucede así. Por lo general, la televisión lleva a las pantallas sólo a quien ataca, al que agita, de tal modo que la protesta se convierte en un protagonista desproporcionado que siempre actúa sinceramente (incluso cuando se ha equivocado de parte a parte). Atribuir voces a las reclamaciones, a las quejas y a las denuncias está bien. Pero para servir de verdad a una buena causa, y hacer el bien, es necesario que la protesta sea tratada con imparcialidad. Donde hay una acusación, tiene que haber también una defensa. (…….)
(……..) Mi teoría es que informar es comunicar un contenido, decir algo. Pero en la jerga de la confusión mediática, información es solamente el bit, porque el bit es el contenido de sí mismo. Es decir, en la red, información es todo lo que circula. Por lo tanto, información, desinformación, verdadero, falso, todo es uno y lo mismo. Incluso un rumor, una vez que ha pasado a la red, se convierte en información. Así pues, el problema se resuelve vaporizando la noción de información y diluyéndola sin residuo en un comunicar que es solamente “contacto”. Quien se aventura en la red informativa y se permite observar que un rumor no informa o que una información falsa desinforma, es – para Negroponte y sus seguidores – un infeliz que aún no ha comprendido nada, un despojo de una “vieja cultura” muerta y enterrada. A la cual yo me alegro de pertenecer.
6-TAMBIÉN LA IMAGEN MIENTE
Es difícil negar que una mayor subinformación y una mayor desinformación son los puntos negativos del telever. Aún así – se rebate – la televisión supera a la información escrita porque “la imagen no miente” (….). No miente, no puede mentir, porque la imagen es la que es y, por así decirlo, habla por sí misma. Si fotografiamos algo, ese algo existe y es como se ve.
No hay duda de que los noticiarios de la televisión ofrecen al espectador la sensación de que lo que ve es verdad, que los hechos vistos por él suceden tal y como él los ve. Y, sin embargo, no es así. La televisión puede mentir y falsear la verdad, exactamente igual que cualquier otro instrumento de comunicación. La diferencia es que la “fuerza de la veracidad” inherente a la imagen hace la mentira más eficaz y, por lo tanto, más peligrosa.
(………)
(……) La verdad es que para falsear un acontecimiento narrado por medio de imágenes son suficientes unas tijeras. Además, no es absolutamente cierto que la imagen hable por sí misma. Nos muestran a un hombre asesinado. ¿Quién lo ha matado? La imagen no lo dice; lo dice la voz de quien sostiene un micrófono en la mano; y el locutor quiere mentir, o se le ordena que mienta, dicho y hecho.
Disponemos también de experimentos que confirman que en televisión las mentiras se venden mejor. En Inglaterra un famoso comentarista dio – en el Daily Telegraph, en la radio y en televisión – dos versiones de sus películas favoritas, una verdadera y otra descaradamente falsa. Un grupo de 40000 personas – telespectadores, oyentes y lectores – respondió a la pregunta de en cuál de las dos entrevistas decía la verdad. Los más sagaces para descubrir las mentiras fueron los oyentes de radio (más del 73 por ciento), mientras que sólo el 52 por ciento de los telespectadores las descubrieron. Y este resultado parece plausible. Yo lo interpretaría así: el vídeo-dependiente tiene menos sentido crítico que quien es aún un animal simbólico adiestrado en la utilización de los símbolos abstractos. Al perder la capacidad de abstracción perdemos también la capacidad de distinguir entre lo verdadero y lo falso.
¿Y LA DEMOCRACIA?
(DE ESTE CAPÍTULO SÓLO SE VAN A NOMBRAR ALGUNAS CITAS DESTACADAS DE GIOVANNI SARTORI)
En una investigación experimental Iyengar y Kinder distinguen entre el poder de los noticiarios televisivos para dirigir la atención del público ( agenda setting) y el poder de definir los criterios que informan la capacidad de enjuiciar (priming) y para ambos casos concluyen que las noticias televisivas influyen de un modo decisivo en las prioridades atribuidas por las personas a los problemas nacionales y las consideraciones según las cuales valoran a los dirigentes políticos. El caso de estados Unidos es, sin embargo bastante simple. Cuatro de cada cinco americanos declaran que votan en función de lo que aprenden ante la pantalla .
por regla general, la televisión influye más cuanto menor son las fuerzas contrarias en juego, y especialmente cuanto más débil es el periódico, o cuanto más débil es la canalización partidista de la opinión pública.
Los efectos de la vídeo-política tienen un amplio alcance. Uno de estos efectos es, seguramente, que la televisión personaliza las elecciones. En la pantalla vemos personas y no programas de partido; y personas constreñidas a hablar con cuentagotas. En definitiva, la televisión nos propone personas ( que algunas veces hablan) en lugar de discursos ( sin personas).
-Sea como fuere, cuando hablamos de personalización de las elecciones queremos decir que lo más importante son los rostros.
La televisión favorece – voluntaria o involuntariamente – la emotivización de la política, es decir, una política dirigida y reducida a episodios emocionales.
La cultura escrita no alcanza este grado de agitación. Y aun cuando la palabra también puede inflamar los ánimos (en la radio, por ejemplo), la palabra produce siempre menos conmoción que la imagen. Así pues, la cultura de la imagen rompe el delicado equilibrio entre pasión y racionalidad. La racionalidad del homo sapiens está retrocediendo, y la política emotivizada, provocada por la imagen, solivianta y agrava los problemas sin proporcionar absolutamente ninguna solución. Y así los agrava.
La televisión empobrece drásticamente la información y la formación del ciudadano. Por último, y sobre todo (como venimos diciendo en todo este trabajo), el mundo en imágenes que nos ofrece el vídeo-ver desactiva nuestra capacidad de abstracción y, con ella, nuestra capacidad de comprender los problemas y afrontarlos racionalmente.
La televisión crea una “multitud solitaria” incluso entre las paredes domésticas. Lo que nos espera es una soledad electrónica: el televisor que reduce al mínimo las interacciones domésticas, y luego Internet que las transfiere y transforma en interacciones entre personas lejanas, por medio de la máquina.
7-RACIONALIDAD Y POSTPENSAMIENTO
El contraste que estoy perfilando entre homo sapiens y, llamémoslo así, homo insipiens no presupone idealización alguna del pasado. El homo insipiens (necio y, simétricamente ignorante) siempre ha existido y siempre ha sido numeroso. Pero hasta la llegada de los instrumentos de comunicación de masas los grandes números estaban dispersos, y por ello mismo eran muy irrelevantes. Por el contrario, las comunicaciones de masas crean un mundo movible en el que los “dispersos” se encuentran y se pueden “reunir”, y de este modo hacer masa y adquirir fuerza. En principio va bien; pero en la práctica funciona peor. Y aquí sobre todo entra en juego Internet, que abre un nuevo y gigantesco juego. Pues las autopistas de Internet se abren, mejor dicho, se abren de par en par por primera vez especialmente a las pequeñas locuras, a las extravagancias y a los extraviados, a lo largo de todo el arco que va desde pedófilos (los vicios privados) a terroristas (los flagelos públicos). Y esta apertura es más significativa en tanto en cuanto el hombre reblandeciendo por la multimedialidad se encuentra desprovisto de elementos estabilizadores y sin raíces firmes. Así pues, aunque los pobres se mente y de espíritu han existido siempre, la diferencia es que en el pasado no contaban- estaban neutralizados por su propia dispersión – mientras que hoy se encuentran, y reuniéndose, se multiplican y se potencian.
Una vez dicho esto, la tesis de fondo del libro es que un hombre que pierde la capacidad de abstracción es eo ipso incapaz de racionalidad y es, por tanto, un animal simbólico que ya no tiene capacidad para sostener y menos aún para alimentar el mundo construido por el homo sapiens. (…….) El hombre se ha reducido a ser pura relación, homo communicans, inmerso en el incesante flujo mediático. Sí homo communicans; pero ¿qué comunica? El vacío comunica vacío, y el video-niño o el hombre disuelto en los flujos mediáticos está sólo disuelto.
(…………)
(………….) Los medios de comunicación, y especialmente la televisión, son administrados por la subcultura, por personas sin cultura. Y como las comunicaciones son un formidable instrumento de autopromoción – comunican obsesivamente y sin descanso que tenemos que comunicar – han sido suficientes pocas décadas para crear el pensamiento insípido, un clima cultural de confusión mental y crecientes ejércitos de nulos mentales.
(………….) Actualmente, proliferan las mentes débiles, que proliferan justamente porque se tropiezan con un público que nunca ha sido adiestrado para pensar. Y la culpa de la televisión en este círculo vicioso es que favorece – en el pensamiento confuso – a los estrambóticos, a los excitados, a los exagerados y a los charlatanes. La televisión premia y promueve la extravagancia, el absurdo y la insensatez. De este modo refuerza y multiplica al homo insipiens.
(……….)
La cultura audio-visual es inculta y, por lo tanto, no es cultura.
Decía que para encontrar soluciones hay que empezar siempre por la toma de conciencia. Los padres, aunque como padres ya no son gran cosa, se tendrían que asustar de lo que sucederá a sus hijos: cada vez más almas perdidas, desorientadas, anónimas, aburridas, en psicoanálisis, con crisis depresivas y, en definitiva, “enfermos de vacío”. Y debemos reaccionar con la escuela y en la escuela. La costumbre consiste en llenar las aulas de televisores y procesadores. Y deberíamos, en cambio, vetarlos (permitiendo solamente el adiestramiento técnico, como se haría con un curso de dactilografía). En la escuela los pobres niños se tienen que “divertir”. Pero de este modo no se les enseña ni siquiera a escribir y la lectura se va quedando cada vez más al margen. Y así, la escuela consolida al vídeo-niño en lugar de darle una alternativa. Sucede lo mismo con los periódicos: imitan y siguen a la televisión, aligerándose de contenidos serios, exagerando y voceando sucesos emotivos, aumentando el color o confeccionando noticias breves, como en los telediarios. Al final de este camino se llega a “USA Today”, el más vacío de los noticiarios de información del mundo. Los periódicos harían mejor si dedicaran cada día una página a las necedades, a la fatuidad, la trivialidad, a los errores y disparates que se han oído en la televisión el día antes. El público se divertiría y leería los periódicos para “vengarse” de la televisión, y tal vez de este modo la televisión mejoraría.
Y a quien me dice que estas acciones son retrógradas, les respondo: ¿y si por el contrario fueran vanguardistas?.
Estas páginas son un resumen de libro Giovanni Sartori Homo Videns. La sociedad teledirigida
Editorial Taurus – España - 1997
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