Introducción
La relación entre el cristianismo y la cultura ha sido uno de los temas más relevantes de la teología y la misionología contemporáneas. A lo largo de la historia, la iglesia ha enfrentado el desafío de definir cómo debe relacionarse con las estructuras sociales, políticas, económicas y simbólicas de las sociedades donde proclama el evangelio. Entre los estudios más influyentes sobre este tema destaca la obra Christ and Culture (1951) de H. Richard Niebuhr, quien propuso cinco modelos paradigmáticos para comprender las diversas maneras en que los cristianos han interpretado la relación entre Cristo y la cultura.¹
Richard Niebuhr no presenta simplemente cinco teorías abstractas, sino cinco formas históricas mediante las cuales los cristianos han respondido a la tensión entre la fe y la sociedad. Sus cinco modelos son:
1. Cristo contra la cultura - Separación.
2. Cristo de la Cultura - Identificación.
3. Cristo encima de la Cultura - Síntesis.
4. Cristo y la cultura en paradoja - Tensión.
5. Cristo transformador de la cultura - Redención.
Desde los primeros siglos del cristianismo, los creyentes han debatido cómo deben relacionarse con la sociedad, las instituciones, las costumbres, la política, las artes y la filosofía. En un tiempo de rápidos cambios, guerras mundiales, revoluciones sociales, extraordinario desarrollo de la técnica, existe una tensión constante entre la lealtad a Cristo y la participación en la cultura humana, pues, no existe una respuesta única que haya sido aceptada por todos los cristianos. A lo largo de la historia, distintas tradiciones han desarrollado soluciones diferentes. Entonces, el conflicto surge porque Cristo reclama una obediencia absoluta, mientras que la cultura también ejerce autoridad sobre la vida de las personas.
David Bosch, Lesslie Newbigin, Charles Kraft, Paul Hiebert y otros misionólogos continuarán desarrollando este debate durante la segunda mitad del siglo XX, convirtiendo a Cristo y la Cultura en una de las obras más influyentes para entender la contextualización y la misión cristiana en el mundo moderno.
La comprensión de la cultura en la misión cristiana
La cultura puede definirse como el conjunto de valores, creencias, símbolos, costumbres y formas de organización que caracterizan a una sociedad determinada. Desde una perspectiva misionológica, la cultura constituye tanto el contexto en el que el evangelio es comunicado como el objeto de la influencia redentora de Dios.
David Bosch sostiene que toda misión ocurre dentro de un contexto cultural específico y que la fe cristiana nunca se expresa en un vacío histórico.² Del mismo modo, Lesslie Newbigin argumenta que el evangelio es supracultural, pero siempre debe encarnarse en una cultura determinada para ser comprendido.³ Por ello, la cuestión central no es si el cristianismo debe relacionarse con la cultura, sino cómo debe hacerlo.
I. CRISTO CONTRA LA CULTURA
El primer modelo identificado por Niebuhr es denominado “Cristo contra la cultura”.
Este modelo sostiene que existe una oposición irreconciliable entre Cristo y la cultura humana.
En esta perspectiva existe una oposición radical entre los valores del reino de Dios y los valores del mundo. La cultura es considerada profundamente corrompida por el pecado y, por tanto, el creyente debe separarse de ella.⁴ La iglesia constituye una comunidad alternativa. Por tanto, la fidelidad a Cristo exige rechazar muchos valores culturales.
Niebuhr identifica representantes históricos de esta posición en Tertuliano, algunos movimientos monásticos y grupos anabaptistas. La pregunta de Tertuliano: “¿Qué tiene que ver Atenas con Jerusalén?” resume adecuadamente esta actitud de rechazo hacia las expresiones culturales externas a la iglesia.
Este modelo posee fortalezas importantes. Destaca la santidad, la fidelidad e identidad doctrinal y el compromiso con los valores divinos (obediencia radical a Dios) frente a una sociedad secularizada. Sin embargo, corre el riesgo de promover el aislamiento social y limitar la influencia misionera de la iglesia.
Elena G. de White reconoció la necesidad de distinguirse de las prácticas pecaminosas del mundo al afirmar: “Como pueblo peculiar de Dios, hemos de salir del mundo y separarnos de él.”⁵ Sin embargo, esta separación nunca implicaba aislamiento de la misión evangelizadora.
II. CRISTO DE LA CULTURA
La segunda propuesta de Niebuhr es el “Cristo de la cultura”, donde se busca armonizar completamente el evangelio con los ideales culturales predominantes. En esta visión, Cristo aparece como la máxima expresión de los valores más elevados de una sociedad.⁶ La máxima expresión de los ideales culturales humanos.
Históricamente, Niebuhr relaciona esta postura con ciertas corrientes del protestantismo liberal (teología racionalista moderna) y algunas formas de gnosticismo.
En esta visión existe armonía entre cultura y evangelio; Cristo confirma los valores más elevados de la civilización y las diferencias entre fe y cultura son mínimas.
Entre sus fortalezas está que facilita el diálogo con la sociedad y promueve la relevancia cultural del cristianismo. El peligro consiste en que el evangelio termina adaptándose a la cultura hasta perder su capacidad profética y transformadora. Existe riesgo de acomodación cultural y Cristo termina siendo moldeado por la cultura.
David Bosch advierte que la iglesia pierde su identidad cuando se convierte simplemente en una institución legitimadora de los valores sociales establecidos.⁷ Igualmente, Newbigin señala que el evangelio debe confrontar toda cultura, porque ninguna refleja plenamente el reino de Dios.⁸
Desde la perspectiva adventista, Elena de White rechazó cualquier acomodación que diluyera la verdad bíblica bajo las presiones culturales. Para ella, la iglesia está llamada a ser “luz del mundo” y no simplemente reflejo de la sociedad.⁹
III. CRISTO SOBRE LA CULTURA
El tercer modelo es “Cristo sobre la cultura”. Aquí existe una relación de síntesis entre fe y cultura, entre las exigencias de Cristo y los logros de la cultura humana.
Desde esta perspectiva, la cultura posee valor porque procede de la creación divina. La gracia no destruye la naturaleza sino que la perfecciona. Po otro lado, Cristo es superior a la cultura, pero no su enemigo y la iglesia sirve como mediadora entre revelación y cultura.
Así, la cultura es considerada un bien creado por Dios, aunque incompleto, que encuentra su perfección bajo la autoridad de Cristo.¹⁰
Tomás de Aquino representa clásicamente este enfoque que favorece la integración entre fe y razón y promueve, al mismo tiempo, el desarrollo intelectual y cultural. Según esta perspectiva, la razón, la filosofía, la ciencia y las instituciones humanas poseen valor genuino, pero requieren la gracia divina para alcanzar su plenitud.
Esta postura ha influido significativamente en las tradiciones católicas y en diversos modelos de misión institucional. Carlos Van Engen observa que este enfoque favorece una presencia cristiana activa dentro de las instituciones educativas, políticas y sociales.¹¹
No obstante, Niebuhr advierte que el riesgo de esta posición consiste en que puede institucionalizar excesivamente la fe fusionar excesivamente iglesia y sociedad, dificultando la crítica profética frente a sistemas injustos.¹²
4. CRISTO Y LA CULTURA EN PARADOJA
El cuarto modelo es “Cristo y la cultura en paradoja”. En este modelo, los cristianos viven simultáneamente bajo el gobierno de Dios y dentro de un mundo pecaminoso. Aquí se reconoce una tensión permanente entre los requerimientos de Dios y las realidades de un mundo caído.¹³
Desde esta perspectiva, el pecado afecta toda la realidad humana; por ello, el creyente experimenta una tensión permanente, pues no existe una síntesis completa entre evangelio y cultura. Así, el cristiano vive entre dos órdenes: el temporal y el eterno.
Martín Lutero constituye el ejemplo paradigmático de esta perspectiva. El creyente vive simultáneamente como ciudadano del reino de Dios y miembro de estructuras humanas imperfectas. Nunca logra resolver completamente dicha tensión durante la presente era.
Paul Hiebert considera que el cristiano debe aprender a vivir dentro de esta tensión escatológica, participando activamente en la sociedad sin identificarla plenamente con el reino de Dios.¹⁴
Este modelo aporta una visión realista de la condición humana (reconoce la realidad del pecado), evitando tanto el optimismo ingenuo (fe cultural excesiva) como el pesimismo extremo. Sin embargo, puede generar pasividad frente a los problemas estructurales que requieren transformación social.
5. CRISTO TRASNFORMADOR DE LA CULTURA
La quinta posición de Niebuhr, y la que muchos consideran su opción preferida, es “Cristo transformador de la cultura”. En este modelo, la cultura es entendida como una creación originalmente buena pero dañada por el pecado. Cristo actúa para redimir y transformar la cultura; es decir, el evangelio no busca destruirla ni simplemente adaptarse a ella, sino redimirla y renovarla.¹⁵
Agustín de Hipona, Calvino y diversas corrientes reformadas son asociados con esta postura. Desde esta perspectiva, la creación fue buena pero corrompida por el pecado. Por ello, el evangelio transforma individuos y estructuras sociales y la gracia redentora puede restaurar aspectos de la cultura. Así, los cristianos deben participar activamente en la renovación de la sociedad donde el poder redentor de Cristo alcanza todas las dimensiones de la vida humana, incluyendo las instituciones, las relaciones sociales, la economía y las expresiones culturales.
Este enfoque promueve una misión integral, favorece el compromiso social y mantiene una visión esperanzadora de la historia. Por eso, David Bosch considera que la misión cristiana incluye tanto la proclamación como la transformación integral de la realidad humana.¹⁶ Del mismo modo, Charles Kraft sostiene que la obra misionera debe facilitar procesos de transformación cultural guiados por los principios del reino de Dios.¹⁷
Andrew Walls argumenta que el cristianismo posee una capacidad única para encarnarse en diversas culturas al mismo tiempo que las transforma desde dentro.¹⁸ Timothy Keller, por su parte, afirma que el evangelio desafía y confirma simultáneamente aspectos de cada cultura, produciendo renovación social y espiritual.¹⁹
Esta perspectiva Elena G. de White apunta a una visión misionera transformadora de la iglesia. Ella declaró:
“La iglesia es el medio señalado por Dios para la salvación de los hombres. Fue organizada para servir, y su misión es la de anunciar el evangelio al mundo.”²⁰
Por otro lado, esta visión, desde su perspectiva, atraviesa fronteras culturales para restaurar la imagen de Dios en la humanidad.
“Cristo no reconocía distinción alguna de nacionalidad, rango o credo. Los escribas y fariseos deseaban hacer de los dones del cielo un beneficio local y nacional, y excluir al resto de la familia de Dios en el mundo.”²¹
Sn embargo, este enfoque puede caer en un optimismo exagerado y puede confundir proyectos humanos con el Reino de Dios.
EVALUANDO LA CULTURA
Las cinco categorías de Niebuhr constituyen herramientas útiles para analizar las diversas actitudes cristianas frente a la cultura. Sin embargo, la mayoría de los misionólogos contemporáneos consideran que ninguna de ellas, por sí sola, describe completamente la misión de la iglesia.
Bosch señala que el desafío consiste en mantener una tensión dinámica entre contextualización y fidelidad bíblica.²² Newbigin añade que la iglesia debe ser simultáneamente una comunidad alternativa y una presencia transformadora dentro de la sociedad.²³
Niebuhr entiende que la verdadera transformación comienza con la conversión, que Dios actúa en la historia humana para redimirla, que todas las esferas de la vida están sujetas al señorío de Cristo y que la cultura puede ser orientada hacia los propósitos divinos.
Al comenzar su obra declara (haciendo alusión a la conversión):
"Es necesario que tanto la semilla como la palabra mueran para que pueda ser útiles. La fuerza de la buena nueva, como fuerza de humanización, presupone, para su eficacia, la destrucción de las estructuras que la contienen. Odres viejos no pueden contener al vino nuevo. La revolución, como renovación de la vida humana, implica la destrucción de estructuras de injusticia y dominación, y su respectiva substitución por estructuras que atiendan las necesidades y aspiraciones humanas, favoreciendo la liberación del hombre".²⁴
CONCLUSIÓN
La relación entre Cristo y la cultura continúa siendo uno de los desafíos centrales de la teología y la misión cristiana. Los cinco modelos de H. Richard Niebuhr permiten comprender las distintas respuestas que la iglesia ha desarrollado a lo largo de la historia. Aunque cada modelo aporta elementos valiosos, la perspectiva de Cristo transformador de la cultura ofrece una comprensión particularmente consistente con la naturaleza misionera del evangelio.
El testimonio bíblico, la reflexión misionológica contemporánea y los escritos de Elena G. de White coinciden en que el evangelio no fue dado para ser aislado de la cultura ni absorbido por ella, sino para actuar como una fuerza redentora capaz de transformar individuos, comunidades y naciones. La misión cristiana consiste, por tanto, en anunciar a Cristo en cada cultura, permitiendo que su señorío renueve todas las esferas de la vida humana.
REFERENCIAS
- H. Richard Niebuhr, Christ and Culture (New York: Harper & Row, 1951).
- David J. Bosch, Transforming Mission: Paradigm Shifts in Theology of Mission (Maryknoll, NY: Orbis Books, 1991), 420-457.
- Lesslie Newbigin, The Gospel in a Pluralist Society (Grand Rapids, MI: Eerdmans, 1989), 183-201.
- Niebuhr, Christ and Culture, 45-82.
- Elena G. de White, Testimonios para la Iglesia, t. 1 (Buenos Aires: ACES, 1970), 287.
- Niebuhr, Christ and Culture, 83-115.
- Bosch, Transforming Mission, 474-489.
- Newbigin, The Gospel in a Pluralist Society, 221-232.
- Elena G. de White, El Deseado de Todas las Gentes (Buenos Aires: ACES, 2007), 274.
- Niebuhr, Christ and Culture, 116-148.
- Charles Van Engen, God's Missionary People (Grand Rapids, MI: Baker, 1991), 101-117.
- Niebuhr, Christ and Culture, 140-148.
- Ibid., 149-189.
- Paul G. Hiebert, Anthropological Insights for Missionaries (Grand Rapids, MI: Baker, 1985), 186-201.
- Niebuhr, Christ and Culture, 190-229.
- Bosch, Transforming Mission, 389-393.
- Charles H. Kraft, Christianity in Culture (Maryknoll, NY: Orbis Books, 1979), 113-145.
- Andrew F. Walls, The Missionary Movement in Christian History (Maryknoll, NY: Orbis Books, 1996), 7-26.
- Timothy Keller, Center Church (Grand Rapids, MI: Zondervan, 2012), 195-227.
- Elena G. de White, Los Hechos de los Apóstoles (Buenos Aires: ACES, 2008), 9.
- Elena G. de White, El Deseado de Todas las Gentes, 364.
- Bosch, Transforming Mission, 511-519.
- Newbigin, The Gospel in a Pluralist Society, 227-232.
- Niebuhr, Christ and Culture, 15.
